Publicado en el Semanario Punto. Toluca, México.
22 septiembre, 2010
Hace algunos días, durante el acto sucesivo a la entrega de su penúltimo informe de gobierno, Enrique Peña Nieto se lanzó con toda su fuerza contra las alianzas entre partidos durante los procesos electorales.
Entonces dijo que “la lucha del poder por el poder mediante la alianza de proyectos antagónicos que desvirtúan la democracia, son una amenaza tan grave para el país como las fuerzas criminales que atentan contra la estabilidad, la ley y el estado de derecho”.
Y no paró en esto su no rotundo a la posibilidad de que los partidos políticos unan sus fuerzas y con ello aumenten su capacidad de triunfo en las próximas elecciones del 2011.
En un alarde de poder, el mandatario mexiquense logró que los diputados de su partido hicieran que la Legislatura local aprobara en comisiones el dictamen por el cual se elimina a figura de las “candidaturas comunes”.
De esta manera, si el citado dictamen se aprueba en el pleno legislativo, el PAN y el PRD se pueden ir olvidando de materializar su idea de hacer un frente común para lograr la hazaña de derrotar al PRI y arrebatarle por primera vez en la historia la gubernatura del estado más poblado del país.
Por supuesto que los priístas nuevamente sacaron a relucir una enorme capacidad de imposición disfrazada de concertación. Simplemente usaron sus alianzas con el PVEM y Convergencia para eliminar otras potenciales alianzas. Aliados para que los otros no se puedan aliar. Paradojas de la política.
¿Qué es lo que realmente le incomoda de las alianzas, señor gobernador? ¿Es acaso un temor fundamentado de que sus enemigos le echen montón y que la gente -¡ah! esta gente inconsciente- se deje llevar y vote contra el partidazo?
Si usted está tan orgulloso del trabajo que ha hecho en el estado de México, si está convencido de que los ciudadanos lo estiman y aprecian todo el bien que ha derrochado con un montón de compromisos firmados y cumplidos, ¿qué más le da que los malosos se junten en alianzas bastardas, ilógicas y antinaturales?
¡Qué poca confianza tiene en sí mismo, señor Peña! Quién lo diría de una persona que emana seguridad en sí mismo como usted, que hasta se da el lujo de exhibir siempre su mejor ángulo y nos receta contínuamente su imagen de galanazo.
Lo veo un poquito desdibujado, gobernador. Y la verdad no se me hace que los panistas se puedan de veras unir con los perredistas para quitarle el súper hueso al PRI.
No creo que tengan la capacidad suficiente para ponerse de acuerdo y elegir entre todos sus gallos uno que pueda representar los intereses de la derecha y la izquierda juntas y no solo: dudo sinceramente que en el caso de que una alianza pudiera vencer, sea factible una justa y pacífica repartición del botín.
Sin embargo, el gobernador de la entidad ha decidido que es momento de curarse en salud. Nada de alianzas extrañas. No a las candidaturas comunes. Más vale que digan aquí corrió que aquí murió.
Y no me digan que Peña Nieto no tiene que ver con el asunto, porque en el caso remotísimo de que los diputados hubieran actuado por iniciativa propia, no habrían hecho otra cosa que seguir al pie de la letra la voluntad de su verdadero líder, que fue claro y simplemente comparó las alianzas ni más ni menos que con “fuerzas criminales.”
Pero ahora resulta que los legisladores se mandan solos. ¿Desde cuándo? Y nosotros los ciudadanos comunes seguramente somos tan inocentes que creemos sin una mínima duda que el Ejecutivo y el Legislativo son de veras harina de distintos costales.
“No es más que una posición estrictamente personal y es la representación social la que está acreditada en la Cámara de Diputados, y es la que tiene que hacer valer en razón del peso que tenga esa representación con los temas que mejor convengan para darle mayor transparencia y congruencia a la democracia de los mexiquenses”. Eso dijo Peña Nieto. Todo hecho bolas, como siempre que no trae apuntador, pero palabras más o palabras menos quiso simplemente lavarse las manos con un simple: “yo no fui”.
Vamos pues, la iniciativa no tiene que ver con la voluntad del gobernador. Nada de eso. Es que los diputados de su partido simplemente se despertaron con la idea de que hay que combatir esa terrible amenaza llamada candidatura común.
Una amenaza tan seria, tan tremenda, que le quita el sueño a millones de personas, seguramente. La pesadilla de los mexicanos por patria y provincia ya no es la crisis económica, tampoco es la guerra contra el narco con las terribles consecuencias que todos conocemos.
No. El nuevo enemigo que hay que combatir es el candidato bastardo que obedece a la izquierda y a la derecha, que solamente busca el poder por el poder. Ni más ni menos.
Honestamente no creo que a la gente que trabaja, lucha y se esfuerza todos los días por mejorar su difícil condición le importe un soberano cacahuate si los panuchos se juntan con los del sol azteca para darle en la torre a los tricolores.
¿Es que no se han dado cuenta que la gente ya está harta y que sencillamente ya no le cree a nadie, pero lo que se dice a nadie?
Yo en su lugar me preocuparía más por reducir el presupuesto del inutilísimo IEEM y sobre todo por dejar de desperdiciar valiosos recursos económicos que sirven solamente para mantener en pie la farsa que cada seis años tenemos que soportar.
Parece que entre la clase gobernante nadie quiere ver que la gente tiene hambre de justicia social y que está harta de escuchar mentiras y de sufrir desilusiones.
No se dan cuenta de que la credibilidad gubernamental está por los suelos y que hay una seria posibilidad de que el nivel de abstencionismo sea alto y que gane quien gane nada le importará a la ciudadanía por la sencilla razón de que poco o nada cambiarán sus condiciones de vida.
Da pena ajena ver a los diputados exhibiendo mantas en el Congreso local, declarando a diestra y siniestra su defensa de la democracia, haciendo de todo porque las alianzas sean permitidas. Da vergüenza también que los priístas demuestren con tanto descaro que obedecen sin chistar las indicaciones de su idolatrado patroncito que a fin de cuentas fue quien los palomeó y los llevó a ocupar una curul.
La verdad es que los diputados de todos los partidos mejor se deberían poner a trabajar en serio, que para eso les pagan -y muy bien- los ciudadanos mexiquenses. Para eso sí deberían aliarse los legisladores, para hacer algo por su estado, que por desgracia y aunque se esfuercen por decir lo contrario, se les está desbaratando cada día.
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miércoles, 22 de septiembre de 2010
miércoles, 3 de febrero de 2010
Las alianzas sospechosas
Publicado en el Semanario Punto. Toluca, México.
02 de febrero, 2010
Esta semana, revisando las noticias, me encuentro con una sorpresa que se venia gestando desde hace algún tiempo, y que honestamente non pensé que llegara a convertirse en realidad.
Se trata de una auténtica aberración, sinceramente. O mejor dicho, se trata de la prueba tangible de que en política no hay nada escrito y de que para alcanzar el poder no hay límites, especialmente porque los principios, kos ideales y las convicciones pueden resultar inútiles y hasta estorbosos.
La verdad es que cuando me enteré de lo que ocurre en el estado de Durango, comprendí que el maquiavélico principio de “el fin justifica los medios” no puede ser más atinado.
Vayamos por partes. La noticia a la que me refiero es la candidatura del expriísta duranguense José Aispuro a la gubernatura de Durango, como abanderado de una alianza entre los partidos Acción Nacional y de la Revolución democrática.
Como experimento electoral (¿o debería decirse “electorero”?) hasta se antoja interesante. Digamos que es una estrategia de “todos unidos contra el PRI”, que para obtener una gubernatura podría funcionar.
Pero analizando las cosas con calma y sin pretender rasgarme las vestiduras, hay que pensar que el ser “anti priísta” debe ser parte de los principios de albiazules y amarillos, pero ¡por separado!
De otra manera, no se concibe una alianza entre los panistas que buscan “una patria ordenada y generosa” y los perredistas que aspiran a la “democracia ya, patria para todos”.
El PAN, que oficialmente se define como un partido “centro humanista” pero del cual son conocidas sus tendencias netamente de derecha, nada tendría que ver con los ideales de izquierda enarbolados por el PRD.
Lo que queda claro es que ambas instituciones políticas se encuentran unidas contra el autoritario PRI, el partido que durante 70 años ejerció en México el poder público y que después de las últimas elecciones presidenciales parece tomar un segundo aire, aprovechando por una parte los errores de sus oponentes y por otra la presencia entre sus filas de algunos precandidatos presidenciales que podrían ganarse la simpatía de los electores para las elecciones del 2012.
Que el PRI se está reponiendo, no es una novedad. Como tampoco lo es que su renacimiento tiene su origen en las equivocaciones de los adversarios.
La fallida guerra contra el narcotráfico iniciada por el presidente Calderón ha causado que muchos ciudadanos vuelvan la vista hacia la seguridad que les podrían inspirar el partidazo y su experiencia. Es sin duda un buen momento para que los tricolores enarbolen de nuevo la bandera de la paz social que más de una vez les sirvió para ganarse el llamado voto del miedo.
Y por otra parte, los perredistas se muestran como una fuerza política desorganizada que por un lado, tiene la incómoda y bizarra figura de Andrés Manuel López Obrador y sus sueños guajiros de ser presidente, y por otro cuenta con las acciones casi temerarias de un gobierno del Distrito Federal demasiado progresista para una sociedad mexicana que todavía no está lista para afrontar las medidas gubernamentales que tienen que ver con la moral pública, como la legalización del aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo.
Errores del PAN y del PRD que el PRI está capitalizando, ganando elecciones por todas partes. Y no porque el PRI haya cambiado, pues como dicen los italianos “el lobo pierde el pelo, pero no el vicio”, sino porque los mexicanos a veces razonamos bajo el principio que “más vale malo por conocido que bueno por conocer”.
Pero francamente, bajo ninguna circunstancia me parece inteligente pensar que la alianza entre panistas y perredistas sea adecuada, coherente, lógica, normal o por lo menos decente.
No tiene otra razón de ser que la de acabar con el enemigo y aferrarse a un triunfo electoral que a fin de cuentas, en caso de producirse, terminaría por degenerar en un pleitazo por los huesos en el gabinete duranguense.
Porque así son nuestros políticos. Los nuestros y los de todas partes. Digamos que si leemos los principios que rigen a cada uno de los partidos políticos nos daremos cuenta que todos persiguen el bien común. De eso no hay que dudar. De lo que hay que dudar es del estilo en que cada uno concibe el bienestar.
Porque hasta ahora, panistas, perredistas y priístas han mantenido en todos los rincones de México donde les ha sido concedido gobernar las mismas tristes circunstancias.
La realidad del país no ha cambiado y la corrupción y el desorden son los verdaderos gobernantes. Sin importar colores, banderas o ideales políticos. No ha habido una verdadera alternancia, no se ha verificado ese cambio tantas veces prometido. Seguimos siendo pobres, ignorantes. Nos sigue faltando la esperanza y no encontramos la manera para crecer de verdad, por la sencilla razón que tenemos un Estado que no sabe cómo dirigir los destinos de la nación.
Ni azules, ni amarillos ni tricolores nos han dado progreso, orden, paz o bienestar.
Y si para colmo nuestros brillantes políticos ahora deciden unir sus fuerzas con el solo objetivo de obtener el poder... ¡Estamos hundidos, mexicanos!
02 de febrero, 2010
Esta semana, revisando las noticias, me encuentro con una sorpresa que se venia gestando desde hace algún tiempo, y que honestamente non pensé que llegara a convertirse en realidad.
Se trata de una auténtica aberración, sinceramente. O mejor dicho, se trata de la prueba tangible de que en política no hay nada escrito y de que para alcanzar el poder no hay límites, especialmente porque los principios, kos ideales y las convicciones pueden resultar inútiles y hasta estorbosos.
La verdad es que cuando me enteré de lo que ocurre en el estado de Durango, comprendí que el maquiavélico principio de “el fin justifica los medios” no puede ser más atinado.
Vayamos por partes. La noticia a la que me refiero es la candidatura del expriísta duranguense José Aispuro a la gubernatura de Durango, como abanderado de una alianza entre los partidos Acción Nacional y de la Revolución democrática.
Como experimento electoral (¿o debería decirse “electorero”?) hasta se antoja interesante. Digamos que es una estrategia de “todos unidos contra el PRI”, que para obtener una gubernatura podría funcionar.
Pero analizando las cosas con calma y sin pretender rasgarme las vestiduras, hay que pensar que el ser “anti priísta” debe ser parte de los principios de albiazules y amarillos, pero ¡por separado!
De otra manera, no se concibe una alianza entre los panistas que buscan “una patria ordenada y generosa” y los perredistas que aspiran a la “democracia ya, patria para todos”.
El PAN, que oficialmente se define como un partido “centro humanista” pero del cual son conocidas sus tendencias netamente de derecha, nada tendría que ver con los ideales de izquierda enarbolados por el PRD.
Lo que queda claro es que ambas instituciones políticas se encuentran unidas contra el autoritario PRI, el partido que durante 70 años ejerció en México el poder público y que después de las últimas elecciones presidenciales parece tomar un segundo aire, aprovechando por una parte los errores de sus oponentes y por otra la presencia entre sus filas de algunos precandidatos presidenciales que podrían ganarse la simpatía de los electores para las elecciones del 2012.
Que el PRI se está reponiendo, no es una novedad. Como tampoco lo es que su renacimiento tiene su origen en las equivocaciones de los adversarios.
La fallida guerra contra el narcotráfico iniciada por el presidente Calderón ha causado que muchos ciudadanos vuelvan la vista hacia la seguridad que les podrían inspirar el partidazo y su experiencia. Es sin duda un buen momento para que los tricolores enarbolen de nuevo la bandera de la paz social que más de una vez les sirvió para ganarse el llamado voto del miedo.
Y por otra parte, los perredistas se muestran como una fuerza política desorganizada que por un lado, tiene la incómoda y bizarra figura de Andrés Manuel López Obrador y sus sueños guajiros de ser presidente, y por otro cuenta con las acciones casi temerarias de un gobierno del Distrito Federal demasiado progresista para una sociedad mexicana que todavía no está lista para afrontar las medidas gubernamentales que tienen que ver con la moral pública, como la legalización del aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo.
Errores del PAN y del PRD que el PRI está capitalizando, ganando elecciones por todas partes. Y no porque el PRI haya cambiado, pues como dicen los italianos “el lobo pierde el pelo, pero no el vicio”, sino porque los mexicanos a veces razonamos bajo el principio que “más vale malo por conocido que bueno por conocer”.
Pero francamente, bajo ninguna circunstancia me parece inteligente pensar que la alianza entre panistas y perredistas sea adecuada, coherente, lógica, normal o por lo menos decente.
No tiene otra razón de ser que la de acabar con el enemigo y aferrarse a un triunfo electoral que a fin de cuentas, en caso de producirse, terminaría por degenerar en un pleitazo por los huesos en el gabinete duranguense.
Porque así son nuestros políticos. Los nuestros y los de todas partes. Digamos que si leemos los principios que rigen a cada uno de los partidos políticos nos daremos cuenta que todos persiguen el bien común. De eso no hay que dudar. De lo que hay que dudar es del estilo en que cada uno concibe el bienestar.
Porque hasta ahora, panistas, perredistas y priístas han mantenido en todos los rincones de México donde les ha sido concedido gobernar las mismas tristes circunstancias.
La realidad del país no ha cambiado y la corrupción y el desorden son los verdaderos gobernantes. Sin importar colores, banderas o ideales políticos. No ha habido una verdadera alternancia, no se ha verificado ese cambio tantas veces prometido. Seguimos siendo pobres, ignorantes. Nos sigue faltando la esperanza y no encontramos la manera para crecer de verdad, por la sencilla razón que tenemos un Estado que no sabe cómo dirigir los destinos de la nación.
Ni azules, ni amarillos ni tricolores nos han dado progreso, orden, paz o bienestar.
Y si para colmo nuestros brillantes políticos ahora deciden unir sus fuerzas con el solo objetivo de obtener el poder... ¡Estamos hundidos, mexicanos!
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