Publicado en el Semanario Punto. Toluca, México.
08 de diciembre, 2009
Finalmente estamos terminando el 2009. Mirando hacia atrás, me doy cuenta que realmente no ha sido un año fácil y que más allá de las palabras, los hechos hablan de que los ciudadanos comunes y corrientes hemos soportado día tras día el peso excesivo de una crisis que para los políticos ya está terminando pero para nosotros y nuestros bolsillos francamente parece que no tiene para cuando acabar.
Eso queda claro: el final del túnel lo ven solamente los políticos de todo el mundo, claro está, siempre con esa enorme capacidad qie tienen de mirar al futuro.
Será simplemente porque ellos están más que protegidos y no tienen ninguna necesidad de preocuparse por las pequeñas cosas que son parte de la vida cotidiana de la gente normal.
Leyendo los diarios y escuchando las noticias, no me sorprende que para cerrar el año, tanto en México como en Italia los medios de comunicación insistan en tratar trivialidades y reproducir cualquier tontería que sale de la boca de nuestros queridos representantes populares o que se le ocurre hacer a nuestras super estrellas, la very important people.
Tampoco me causa estupor ver que la radio, la televisión, los diarios y las revistas desperdician la invaluable posibilidad de comunicar y de formar opinión tratando temas tan interesantes como las aventuras del golfista Tiger Woods, la invaluable obra de caridad de Lucero y su nuevo look o el posible matrimonio de La Gaviota con el gobernador mexiquense.
Eso, aparte de la ahora infaltable nota roja, que hasta hace algunos años parecía reservada a las publicaciones especializadas y a algunas transmisiones específicas que se ocupaban de alimentar el morbo de una parte de la población.
Hoy las historias macabras son el pan de cada día y la crudeza y la crueldad de los casos alcanzan niveles casi demenciales. Y no exagero.
Digamos que la experiencia reporteril de quien esto escribe no falla. En diciembre, mientras más se acercan las fiestas de fin de año, aumenta la capacidad de los medios de reproducir todas las notas sin importancia habidas y por haber.
Lo mismo se explota nuestro espíritu navideño que se habla de trivialidades sin importar que muchas veces es precisamente en los ultimos días del año que se deciden asuntos tan importantes como el presupuesto gubernamental, del que se habla apenas, como si fuera un misterio indescifrable al que tienen acceso unos cuantos, en lugar de tratarse de un asunto que incumbe a todos y que debería ser explicado con puntos y comas.
El caso es que los medios de comunicación cada fin de año -con más frecuencia que de costumbre- demuestran su carencia de contenidos inteligentes, y nosotros, los receptores de sus mensajes caemos irremediablemente en la trampa del conformismo.
No solamente no exigimos, sino que además aceptamos lo que nos dan y seguimos leyendo, viendo, escuchando lo que nos viene propuesto.
Por primera vez en mi vida estoy de acuerdo con el papa Benedicto XVI, quien en un mensaje reciente señaló que “cada día en los diarios, la televisión y la radio el mal es contado, repetido y amplificado, acostumbrándonos a las cosas más horribles, haciéndonos más insensibles y de, alguna manera, intoxicándonos, porque lo negativo no es totalmente eliminado y día a día se va acumulando. El corazón se endurece y los pensamientos se ensombrecen ".
Es cierto que estas frases hayan sido pronunciadas precisamente por el líder de la institución que a lo largo de la historia ha manipulado más la información, ha sembrado el miedo y ha ocultado verdades a su conveniencia, pero a pesar de todo, esta vez el pontífice no solamente tiene razón, sino que ha puesto el dedo en la llaga.
Los medios se han vuelto tóxicos. El exceso de información negativa -entendida la negatividad como la difusión de contenidos poco estimulantes para nuestra capacidad de razonar- sencillamente nos está dañando porque nos satura y no nos permite analizar.
No es que los medios hayan sido alguna vez la panacéa, ni que su papel haya sido el de buenos samaritanos.
Reconozcamos que, por ejemplo, en un sistema como el de México, los medios han sido esenciales porque durante muchos años fue necesario a través de ellos mantener la dictadura de partido y tiempo después, siempre con los medios, hubo que convencer a los mexicanos de los múltiples beneficios del cambio democrático.
También en Italia era importante fomentar normas de comportamiento a tono con las condiciones de un país que tenía que ser por necesidad profundamente cristiano. Entonces los medios dictaban las pautas de comportamiento.
Ahora en el país de la bota se precisa de los medios para sostener un gobierno que parece estar transformándose en una extrañísima especie de monarquía, dictadura o régimen.
Pero sea como sea, la basura mediática existe, persiste, nos invade y no podemos -probablemente estamos tan acostumbrados que ni siquiera queremos- hacer nada contra ella. Es parte del sistema mismo.
Es cierto lo que dice el líder católico: "los medios de comunicación tienden a hacernos sentir cada vez más como espectadores, como si el mal afectase solamente a los otros y ciertas cosas jamás nos pudiesen ocurrir a nosotros. Por el contrario, todos somos actores en el bien y en el mal y nuestro comportamiento tiene un influjo sobre los demás”.
Efectivamente, los medios nos hacen pasivos, receptores incapaces de actuar, de decidir, de hacer cambiar la situación. Posiblemente somos víctimas pero también queda claro que no tenemos la intención de protestar o buscar una mejoría.
Posiblemente lo conveniente sería que, así como los medios declaran una especie de tregua en la que nos llenan de más basura de la habitual, nosotros, como consumidores declararamos una huelga personal y por un buen tiempo dejáramos la tele y la radio apagados, y de paso nos olvidáramos de leer diarios y revistas.
Sería quizá un óptimo regalo de fin de año para nuestra mente, que sin duda -especialmente después de un extenuante y crítico 2009- necesita una seria desintoxicación.
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miércoles, 9 de diciembre de 2009
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